Con los pies en el agua

¡Bueeeeeeno! Vaya parón. Pero lo necesitaba (menos mal que coincidió con el verano y probablemente nadie se dió cuenta…) Acabo de pasar por una desintoxicación severa de redes sociales. Nada de blogs, nada de Facebook, ni de Instagram y demás (bueno, nada nada no pero bastante menos) y lo cambié todo por puro deporte, familia y naturaleza. Ahora me siento mejor, menos saturada. Más ligera de kilos y de mente. Con menos cosas que decir y más que hacer. En definitiva, está siendo un verano de escuchar y observar, de introspección. A gusto – pésimo para el protocolo blogueriano – pero a gusto.

conlospiesenelaguaAdemás, estas semanas han traído consigo no solo el silencio cibernético pero también aires de cambio. Posibilidades nuevas – y con ellas las preguntas de siempre.

Así que nada, de momento me quedo con los pies el agua, a ver qué pasa.

La vida inesperada

LVI_11Cómo ya viene siendo costumbe, los domingos que los aitetxis nos roban a N, I y yo aprovechamos y nos escapamos al cine. Casi siempre vamos a los Príncipe, me encanta esa sensación de estar en un cine de los de toda la vida, con sus salas pequeñitas y sus puertas de salida que desembocan en la explanada del Museo San Telmo (eso, y que nosotros casi siempre somos los más jóvenes de los espectadores y no solemos estar aventando palomitas).

En fin, que este domingo nos decantamos por una peli nacional -ya que vamos a gastar pasta, pues mejor apoyar al cine español. La Vida Inesperada, de Jorge Torregrossa, es la historia de 2 primos con vidas completamente dispares. Uno lleva una década mal viviendo como actor en Nueva York y el otro, de Alicante, con su peinado a raya-de-lado y su camisa de cuadros que lo va a visitar después de años sin verse.

LVI_09 Me gustó. Pero salí del cine con la sensación de haber estado viendo mi propia experiencia como extranjera en una ciudad, que a pesar de ser bella como ninguna, muestra (más veces de las que me gustaría reconocer) su cara hostil, y se hace del rogar y dura de querer.

Hay una frase en la peli que me tocó el corazón y me lo rompió un poquito. “A veces, hay que reconocer que hay sueños que ya no se van a cumplir“, le dice Claudio a Juanito. No he podido parar de darle vueltas a esta frase. Me hiere porque yo soy una soñadora de pro. Debo reconocer que es una verdad como la copa un pino pero más aún, que según va pasando el tiempo, veo que existe la posibilidad de que me llegue el momento de sentarme de golpe, tomar el último trago de la copa de tinto y, suspirando, cerrar los ojos para no ver los últimos destellos de ese sueño que antaño brillaba con la fuerza de un sol y que en ese momento se apaga, suave y silencioso, como la llama de una cerilla.

Órale.

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Lo bueno es que la peli también habla de oportunidades inesperadas y de caminos que, por capricho de la vida, son más sinuosos y rebuscados de lo que nos gustaría pero que, al final del recorrido, acaban en destinos insospechados que pueden ser la chispa que encienda el fuego de un sueño nuevo, quizás mejor, y sobre todo, quizás real y tangible. Y es -en mi opinión- este ápice de posibilidad lo que hace que valga la pena seguir intentando.

En fin, vayan a verla. A ver en qué personaje se reflejan sus vidas y con qué frase se van, torturados e inspirados, a dormir.

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* Todas las imágenes de este post vía la web oficial de la película

 

 

 

No recordamos días

Después de mi visita a Bernard, estos últimos días han sido más aburridos (muchos bocetos, pruebas de plegado, sacar cuentas… todo lo técnico) que parece que la emoción que siempre viene con el arranque de un nuevo proyecto se difumina hasta casi desaparecer del todo. Pero ni modo, son necesarios. Así que para no convertirme en la ostra del popular dicho, saqué mis plumillas y mi gouche, me preparé una tinta magenta bastante más alegre que el día (y eso que hoy no ha llovido) y me puse a garabatear por eso de soltar la mano (y la mente)…

Hasta que, cansada de no escribir nada, saqué mi agenda (que es de esas que te ponen frases célebres en las esquinitas del papel) y me puse a buscar algo significativo, algo que resonara con mi estado de ánimo. Y así fue como en la esquina superior derecha del 24 de febrero (qué suerte que la encontré en este mes y no en septiembre…) me encontré con esta frase del señor Cesare Pavese (que, la verdad sea dicha, no tengo idea de quién es).

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Así pues la escribí y de paso me la aprendí de memoria para tenerla a mano para cuando los días amenacen con ser algo menos emocionantes de lo que me gustarían y poder recordar que no recordamos días, sino momentos. Y de esos, hay y habrá, muchos.